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el santo de las lagañas


Ya hace tres días que el Santo parece que agoniza mientras duerme y cuando despierta actúa como si estuviera viendo a la muerte, algo malo hay en su sueño dice el Viejo.

Primero lo llamamos solovino, así les dicen a todos los perros que llegan solos... pero después adquirió un color plateado casi deslumbrante, mucho tuvo que ver la mugre del metro Candelaria; pero... como el misterio que oculta la identidad bajo una mascara plateada lo llamamos el Santo.

Su dueño o su protector es el Viejo, su nombre es Josué... pocos nos preocupamos por conocer a los que nos rodean; él es un indigente que no recuerda o no quiere recordar más de un año atrás de su llegada a La Candelaria.

Los perros pueden ver a la muerte y anda cerca de aquí, ¡umm! parece que le da un ataque cada que duerme
Epilepsia –le dije - .
Esto no es de enfermedad – contesto –, desde que tenía un año que no le cuelgo un collar de limones en el cuello ¡umm! Eso es del alma
¿Los perros tienen alma?

Él más que todos, ¡no ves que es un santo!, y como buen santo a de andar viendo rondar a la muerte por aquí y me lo quiere decir... He escuchado que si te pones las lagañas de los perros en tus ojos puedes ver lo que ellos han visto.
Yo he escuchado que si se las pone se puede llegar a morir Viejo.
¡He visto a la muerte más de una noche en este barrio!
Son sólo leyendas urbanas – le dije al viejo –.
Y por eso crees que son más urbanas que leyendas.

El Viejo tomo las lagañas del Santo justo al termino de un ataque, el animal parecía muerto, pero eso no le importo al viejo, él colocó las lagañas sobre sus ojos y no paso lo que el esperaba. Decepcionado recordó mis palabras y pensó que las leyendas entre más urbanas, más desvirtuadas están.

Pero, en un instante sólo pudo ver como la nube que estaba cubriéndolo cambió de color: del morado ácido del que son las nubes de la ciudad, a un negro lúgubre, todo lo que veía en ese momento se convertía en blanco y negro, más negro que blanco, más sombras que figuras y más siluetas que personas.

Absorto como nunca, comenzó a sentir que sus piernas no podían soportar más su peso, se desplomo y sostuvo su enclenque cuerpo con sus manos. Se arrastró hasta la pared, ahí fue donde recargo su cuerpo para que surgieran de él los gemidos más infames que cualquiera haya escuchado... unos aullidos que en nada se comparaban con los del Santo, los del animal podrían causar miedo, pero los del viejo eran como un cuchillo que entra sin dar tregua en medio de tu pecho.

Los ojos del Viejo eran blancos, pero no los necesitaba pues en su mente pasaban miles de flashazos monocromáticos, imágenes de una vida de maltratos, de una vida siempre cerca de la muerte, pero la vista es un sentido que está más acostumbrado a esto, lo hemos visto en más de una película barata.

Los oídos del Viejo sangraron, sus tímpanos se reventaron... había pagado su osadía... los perros son capaces de escuchar lo nefasto del mundo, es como tener todos los quejidos, todas las voces del mundo gritándote al oído... Pero el viejo se hizo fuerte y pudo soportarlo, no escuchaba, pero comenzó a soñar, el último sueño, el que te lleva del otro lado. El Viejo estaba viviendo el sueño del Santo, estaba soñando el sueño del otro, él era uno con el Santo.

Todo se volvió blanco como la nada que asusta a muchos en los sueños, ahí estaba, en medio de la nada... pudo ver que había un retrete y cerca de él un hombre, que era él; el Viejo se encontraba en medio de la nada, desnudo, acompañado del Santo que también era él.

El Viejo lavaba carne en el retrete mientras él se observaba... la carne sólo porque sí se transformaba en tripas al salir del escusado. El Viejo aventaba las tripas a una tina de metal mientras él se observaba... cuando las tripas se acabaron y estaban limpias el Viejo se sentó cerca de la tina y como si el espacio infinitamente blanco en el que se encontraba fuera arena pura, escarbó y escarbó hasta encontrar un par de agujas, con las que se dispuso a tejer... entrelazó una con otra, cada una de las tripas de la tina hasta formar un vestido.

Pero las tripas sólo porque si salían de la tina con un olor que recuerda las avenidas llenas de perros muertos. El Viejo que estaba desnudo cubrió su cuerpo con el vestido y quizá ahora no se observó como antes... el olor que desprendía el vestido hizo que el animal atacará al hombre, que eran uno mismo.
El Santo desbocó sobre su amo, destrozando a mordidas las tripas del vestido, mientras el viejo trataba de detenerse a sí mismo sin lograrlo, le gritaba que se detuviera pero no se escuchaba, los oídos le sangraban... cuando el Santo estaba a punto de terminar con el vestido una sombra negra irrumpió e medio de la nada.

Por fin, el viejo había visto a la muerte en el sueño del Santo, había logrado su objetivo, pero no supo que hacer, quizá él y el Santo sólo tenían una salida, comenzaron a aullar de una forma tan violenta que... El viejo se despertó, estaba nuevamente recargado en la misma pared, los colores volvieron a aparecer ante sus ojos, sin embargo, no podía escuchar nada; el olor del vestido seguía perturbando su nariz y el viejo pudo verla, ahí estaba otra vez la muerte, él volvió a verla en su mundo y cuando intento buscar al Santo... el animal le estaba comiendo sus intestinos.

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