Soñé que Sofía salía con alguien más, una amiga me contaba sobre su romance, era feliz… Sofía irrumpió en la habitación, de su mano pendía una figura humana, la tiró sobre la alfombra, dijo – eso es lo que querías cabrón, pues lo lograste – dejó al engendro en el piso, azotó la puerta y se fue.
La amiga siguió contando – que bueno que te dejó, te hizo un favor – su mirada se desvió, en el techo una araña se escondía por los orificios del yes.
– Ahora viene bien chingona a reclamar.
Cuando visité por primera vez Atlapexco me perdí buscando insectos, había arañas enormes, incluso tarántulas, quería encerarlas en un frasco de Guerber, llevarlas a la ciudad.
– Neta, pinche vieja se lo merece.
Mis padres dijeron que estaba loco, mi abuelo me dio un papel, dentro había un araña, debía apretarlo fuerte o escaparía, cerré el puño, lo abrí al llegar a la ciudad, fui engañado, era un billete de cinco pesos…
Hubo silencio, fui a la cocina, busque entre los frascos, todos vacios, tomé un cuchillo, corrí a la habitación, destacé a la figura de la alfombra, la sangre salpicó mi cara, la cara de la amiga, en las paredes, en los agujeros en que se esconden las arañas, salió por las ventanas…
El cansancio me hizo frenar, miré la cara de la amiga, sonrió, en sus manos los frascos vacios, comenzó a llenarlos con los restos de la criatura, dijo – neta, esa pinche vieja se lo merece –.
Sofía ya no deambula por la casa, se escurrió por el conducto de ventilación, se hizo eco entre ruidos de coches, vendedores de tacos y cantantes de microbús.
Ha transcurrido un mes, aún subo a mi azotea, espero reconocer su escancia entre las vísceras sonoras de esta ciudad, camino descalzo sobre el asfalto derretido por sus hormonas y golpeo el ventilador que la devoró sin disfrutar del sabor de su cuerpo.
Sofía le teme a las tormentas… se escondió tras el sofá, fui hasta ella, la tome en mis brazos, la llevé a la cama, sentí su temblor, su miedo… acaricié su cabello y sentí su silencio, dejé que el viento azotará las ventanas y sus uñas se enterraran en mis brazos, los truenos humedecieron sus pupilas, mis labios humedecieron los suyos, mis dedos su vulva, sus manos mi pene, la tormenta pasó a otro frente y amanecimos con olor a tierra mojada.